miércoles, 3 de septiembre de 2014

Modelos en España, "entre normalidad y malnutrición leve".

Modelos de semana de la moda madrileña están en la "frontera entre normalidad y malnutrición leve".

Las modelos de la semana de la moda madrileña, que han superado el índice de masa corporal (IMC) mínimo establecido por la organización, se encuentran en la "frontera entre la normalidad y la malnutrición leve", según los expertos, para quienes se transmite una imagen irreal de la mujer.
El IMC mínimo para desfilar en la Mercedes-Benz Fashion Week Madrid es de 18 desde hace seis años, a pesar de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) establece entre 18,5 y 24,9 la cifra de una persona sana.
Los expertos, entre ellos el psiquiatra Pedro Ruiz, señalan que, pese a no estar de acuerdo, no tienen más remedio que aceptar como "razonable" el baremo establecido por la pasarela madrileña, ya que con ello "se evitan modelos enfermas o de imagen desnutrida".
Muchas chicas con un 18 de IMC tienen una "malnutrición muy leve, cercana a la normalidad, pero siguen siendo cuerpos muy delgados" que "no corresponden a la media" ni a la imagen de la "mujer normal", agrega.
Ruiz, miembro fundador de la Asociación Española para el estudio de los Trastornos de la Conducta Alimentaria (AEETCA), considera que se está mandando "un mensaje inadecuado desde las pasarelas".
Por eso lamenta que se transmita "una visión sesgada de la normalidad" y reivindica que "tener un peso saludable sea algo atractivo". Ruiz, especialista infantil en la Unidad de Trastornos de Conducta Alimentaria en el Hospital Clínico de Zaragoza, recuerda que las modelos se caracterizan por "salirse de la norma" y poseer "una genética especial".
Además "viven de la imagen, del cuerpo y su finalidad es mantenerse en unos pesos lo más delgado posible que le exige la industria", algo que no deberían imitar otras mujeres, con diferentes complexiones y estatura. "A mi juicio es más importante la salud que la estética, pero entiendo que en pasarela 18 (de IMC) no está mal, ha sido un paso lograr ese mínimo" para preservar la salud de las modelos.
Sin embargo, "creo que el siguiente objetivo sería que desfilaran modelos de 23 o 24". Asociaciones consultadas por EFEstilo coinciden plenamente con el planteamiento de Ruiz, como la presidenta de la Federación Española de Asociaciones de Ayuda y Lucha contra la Anorexia y la Bulimia Nerviosas (FEACAB), María del Carmen Galindo, que incide en que las chicas se encuentran en el límite o un poco por debajo de lo saludable.
"Es un paso que se mantenga ese 18 (de IMC) como mínimo, pero para alcanzarlo tienen que realizar un esfuerzo tremendo y algunas llegan a desarrollar enfermedades", advierte Galindo, que agrega: "no transmiten una imagen sana". "Ellas son un escaparate" para adolescentes y adultas y "tendrían que reflejar a la gente que va a vestir esas prendas" porque dan una idea de belleza irreal y supermodelos hay muy pocas, el resto "somos mujeres normales".
"La mujer de IMC en torno al 23 es la mujer real que desfila por la calle", explica la presidenta de FEACAB. "Tendríamos que evitar que determinados modistos digan que su ropa no se la puede poner una mujer de la talla 46, porque quizá luciría mejor en ella que en un esqueleto".
También apoyan estas tesis desde la Asociación de Bulimia y Anorexia de A Coruña (ABAC), cuya directora, María Ferreiro, incide en que "la moda está marcando criterios muy diferentes" de lo que debería protegerse a nivel de la salud.
Una de las psicólogas y terapeutas de ABAC María Blanco explica que "muchas pacientes asocian la delgadez extrema con la seguridad, la eficacia y la capacidad que transmiten muchas modelos y personajes famosos", con los que se comparan con el fin de lograr este tipo de valores.
La influencia de estos cánones de delgadez en la moda no es la única razón que puede causar trastornos alimentarios, pero sí un desencadenante, ya que forman parte de lo que en terapia se conoce como influencias culturales.
Entre estas influencias también se encuentran multitud de páginas web y blogs sobre los movimientos que defienden la anorexia y bulimia, conocidos como "Pro-ana" y "Pro-mia", respectivamente. El índice de masa corporal se calcula dividiendo el peso en kilos entre la estatura, en metros, elevada al cuadrado (kg/m2).
La cifra resultante indica si el peso es correcto en función de esa estatura, o si es demasiado bajo o elevado. Si el IMC es inferior a 18,5 (mujeres) o a 20 (hombres), se detecta una persona demasiado delgada, si está por encima de 30 se puede hablar de obesidad.

Valeria convirtió su lucha contra la anorexia en una campaña

Esta joven cerriteña, de 17 años, cada día enfrenta el fantasma de esta enfermedad.

Un diario en el que pega los empaques de lo que ahora come sin remordimiento le recuerda a Valeria Pinzón Rivera, que ganó una batalla en la lucha por sobrevivir, pero que el trabajo no termina.
La anorexia, ese enemigo silencio que se apoderó de su ser, la ronda como un fantasma, pero ella ahora sonríe y recuerda sin amargura los momentos de una tragedia que transformó en alternativa para muchos jóvenes que como ella han sucumbido a cerrarle la boca a la comida.
"Cuando estaba chiquita empecé a sentir complejo por mi cuerpo, a sentirme gordita. Hacía dietas y volvía a comer mucho. Me sentía mal por no poderme controlar".
Valeria apenas tenía 10 años cuando se sentía así. Recuerda que los apapachos y los mimos de 'la bella gordita' ahondaban una herida que cada día era más profunda.
Ella guardaba silencio, mientras las paredes de su cuarto se llenaban de afiches de modelos europeas extremadamente delgadas.
Así pasaron los días entre el colegio y la casa donde vive sola con su madre, quien llegó a Bogotá en busca de un mejor futuro. Pero ni siquiera el cariño de sus compañeros le permitieron salir del pozo en el que se sumergió.
"Llegó un momento en el que dije voy a dejar de comer y ahora sí es en serio", recuerda esta adolescente, quien después de cumplir sus 15 años se encerró en la idea de que la comida no la dejaba ser como quería.
Se inventó un problema de colón y las dietas de los médicos de la Eps le ayudaban en su propósito. En la otra orilla, Victoria Rivera, su madre, sufría entre trámites y autorizaciones de exámenes, mientras ella se transformaba en un esqueleto de apenas 30 kilos de peso.
"Como le gusta el diseño no relacionaba las fotos de las modelos con lo que le pasaba, pero un día subí a su cuarto y la encontré muy mal. Una arritmia cardiaca casi se la lleva. Entendí que lo que pasaba no era de médico general", relata Victoria, quien en esa búsqueda se encontró con una realidad más cruel.
Un tratamiento para quienes padecen de trastornos de la alimentación cuesta entre 5 y 8 millones de pesos. Por eso, como nunca lo imaginó, acudió a un programa de televisión en busca de ayuda para su única hija, así pudo llegar a una clínica donde fue atendida por siquiatras.
Fueron los días más intensos de la batalla, de la que hasta ahora ha salido bien librada.
Después de su grado de bachiller, la niña y su madre regresaron a El Cerrito, su tierra natal, donde nació la campaña 'Yo elegí vivir... y tú' a través de la cual la joven recorre colegios y escuelas del Valle para dar su granito de arena.
"Llegué a pensar que realmente lo mejor era morir, pero ahora tengo esta oportunidad y la posibilidad de ayudar a otros", dice Valeria, con sus 44 kilos y una sonrisa permanente, mientras trabaja en el diseño de camisetas, botones y mensajes con los que llega a cientos de escolares de Buga, El Cerrito, La Unión y Cali, donde piden su testimonio.
"Hay que amarse y valorarse como uno es, el cuerpo es un vestido que Dios nos dio para estar aquí", dice esta sobreviviente a los muchachos que escuchan atentos su historia.
Fundación por la vida
Con los accesorios que diseña, camiseta, botones y afiches, Valeria Pinzón no solo espera despertar conciencia, también conseguir recursos para convertir el lema de su campaña 'Yo elegí vivir...y tu', en una fundación.
"Por experiencia propia sé que pese al esfuerzo de los padres, un tratamiento para sus hijos es casi imposible. Espero darle vida a una fundación donde reciban la asesoría que necesiten", dice Valeria.
Asegura que muchos creen que la anorexia es una enfermedad de ricos y por eso muchos chicos mueren sin recibir atención. "Por eso trabajaremos en crear la fundación".
Un mal con pocos datos
La anorexia y la bulimia son dos trastornos alimenticios cada vez más frecuentes. Sin embargo, no se cuenta con estudios que dimensionen su avance.
El siquiatra Iván Osorio, coordinador del programa 'Sicólogos en las aulas', que atendió a unas 500 instituciones del Valle, dice que aunque no se hizo un estudio clínico se pudo evidenciar que los problemas existen y hay que ponerles cuidado.

La delgada línea hacia la muerte

En un bus que iba hacia La Dorada (Caldas) se montó una adolescente que no pasaba de 15, completamente desnutrida. Llevaba una camisa ombliguera y unos yines que ostentaban la marca Anorexy. Se sentía divina, pero su imagen era la de alguien muy desvalido y enfermo. Cuando llegamos al centro de La Dorada, la chiquilla se bajó, se montó unas gafas oscuras y se perdió por alguna calle, con su afectada manera de caminar: calzaba unas sandalias tan altas como coturnos.
Más tarde, cuando salí a caminar por el centro, de pronto estaba en medio de una calle, que bien podría llamarse la calle de la moda porque estaba repleta de almacenes de ropa, sobre todo para mujeres. La mayoría de esos negocios anunciaban sus colecciones con maniquíes, que estaban, unos, dentro de las vitrinas y otros, a la entrada de cada local. Y todos esos maniquíes representaban un ideal de belleza que ustedes sabrán cuál es: el de las mujeres altas, rubias, de ojos azules y, sobre todo, muy delgadas. Frente a esos maniquíes se pararon muchas mujeres, ignoro si a mirar la ropa que lucían o a pensar en cómo conseguir esa figura. Muchas de aquellas mujeres, por obvias razones, eran mestizas nacionales: del color del trigo, de ojos negros, pelo negro; no muy altas y macizas, fuertes. Hermosas, para mi gusto. Más hermosas que ese ideal de belleza de los desabridos maniquíes. Pero muchas de las chiquillas que se acercaron a esos almacenes lucían diferentes: cuando no eran altas, estaban montadas sobre enormes tacones, con el pelo teñido de rubio y muy, pero muy delgadas. Entonces recordé a la quinceañera del bus, con su modelo Anorexy y sentí tristeza.
La anorexia como 'moda' es un fenómeno relativamente reciente en el mundo, me atrevo a decir que comenzó con los años 90, y la padecían, sobre todo, mujeres de estrato alto. Y se combatió por lo alto también: siquiatras costosos, tratamientos costosos, terapias costosas; cosa que está bien: hacer todo lo posible para sacar a una adolescente de ese camino tan triste. Con los años, aquella 'moda' -me atrevo a decirlo, aunque no tenga pruebas- llegó a la clase media: estratos tres y cuatro. Y la clase media también puso todo su empeño y capital en apartar a sus adolescentes de ese lugar tan solitario. Pero la 'moda' continuó su lógico camino hasta llegar a las clases populares. Y ahí no hay cómo combatir el problema. Por la falta de información, sobre todo, y por la falta de recursos económicos también. Digo con razón que en las clases populares no tienen mucha información sobre ese flagelo, cuando recuerdo la marca Anorexy, es decir, la enfermedad no está vista como tal y, peor aún, pareciera un ideal posible de alcanzar en la media en que una niña quepa en un yin marca Anorexy.
Pienso en esa chiquilla del bus y puedo imaginar que sus padres no tienen idea de que su hija padece una terrible enfermedad; y de que en el colegio donde estudia tampoco se han dado cuenta; y pienso también que no será la única que padece esa enfermedad en su círculo de amigos. Es más, creo que es una moda aceptada, una moda mortal, que no tiene detractores. Cabe la posibilidad de que la madre de esa chiquilla se haya dado cuenta del mal, pero no tenga idea de cómo combatirlo; y si tuviera idea no tendría plata; y si consiguiera un dinero, no habría dónde la trataran, ni siquiatras posibles, ni sicólogos.
Todas estas razones deberían ser suficientes para que el Estado comenzara a combatir esa tendencia con toda su capacidad logística, pedagógica y económica.
Porque la tendencia es real y existe en todos los municipios del país. No conozco un solo almacén con maniquíes que representen la belleza real de nuestra gente. Todos pretenden vender un ideal de belleza inexistente en este país, como si ser mestiza y rellenita fuera parte de un problema que tendrías que solucionar.

Anorexia, gran flagelo para jóvenes de Antioquia

No hay cifras precisas de cuántas personas padecen la enfermedad. Expertos dicen que va en aumento.

Liliana Ramírez echó de la casa a su hija anoréxica. Contra su voluntad y el amor que le tiene le dijo que no regresara más. 
Luisa María, que hace un mes cumplió los 18 años, no lo entendió. Sin embargo, luego de refugiarse por tres días en la casa de una amiga regresó dispuesta a buscar su recuperación, y se fue a vivir con la abuela. 
"Me iba para el trabajo y me daba mucho miedo de que llegara y la encontrara muerta. Los médicos nos dijeron que necesitaba alguien que estuviera pendiente de ella todo el tiempo", recuerda Liliana de la fase más crítica de su hija, que desde hace seis años comenzó a dejar de comer con regularidad -una voz interior le decía que no comiera porque iba a engordarse- hasta llegar a la anorexia nerviosa. 
El retrato de Luisa es el mismo del de cientos de adolescentes y adultos jóvenes en Antioquia que sufren trastornos en su alimentación.
Aunque no existen cifras confiables de esta problemática en la ciudad ni en el departamento, según Salvador Palacio director de la Fundación Gorditos de Corazón, va en aumento.
"En Gorditos tengo reportados más de 170 diagnósticos de anorexia-bulimia, y en el último año han aumentado en 90 los casos", precisó.
De hecho, según Ramírez, lo único que quiere su familia con exponer esta situación es llamar la atención de la ciudadanía y romper el mutismo que rodea esta problemática: "Sabemos que las familias sufren en silencio y aquí no hay una atención especial para estos pacientes", puntualizó.
Tratamientos costosos
El regreso a casa no fue suficiente para Luisa. La pérdida de 10 kilos en los últimos seis meses por cuenta de un tratamiento fallido la puso al borde de la muerte y obligó a que la internaran en un sanatorio, el único que quiso recibirla por el riesgo que representa con su diagnóstico. 
Con 30 kilogramos de peso tiene el corazón cansado, problemas de tiroides, de calcio en los huesos y de amenorrea.
El tratamiento -sus padres desistieron de la EPS porque no lo ofrecía de manera integral y oportuna-les cuesta cerca de 425.000 pesos diarios.
Según su madre, que reitera que no denuncian el caso buscando dinero, sale de un seguro familiar que estaría a próximo a quedarse sin fondos.  
Llamado a la solidaridad
Una semana antes de ser internada Luisa visitó por última vez la biblioteca de Caldas.
Isabel Patiño, secretaria de la Corporación Mujer y Género, y quien trabaja allí, la vio por última vez.  Según ella, se dedicó a leer de ciencias sociales, su pasión.
"Nosotros decidimos hacer la caminata recogiendo fondos para ella porque dice que quiere vivir", recordó Patiño.
De hecho, el pasado domingo más de 150 personas se unieron para recoger fondos a favor de la recuperación de Luisa. 
Según Ramírez, quien no pasa un día sin averiguar por cómo evoluciona su hija internada, cuando se recupere le cumplirá uno de sus sueños de los 18 años: gozarse una discoteca hasta el amanecer.   
'Falta más voluntad de todos los sectores'
Gladys Posada Jhonson*
Detrás de todo trastorno de la alimentación hay problemas de disfunción que hay que indagar más allá. Tanto la anorexia como la bulimia se asocian a condicionamientos sociales, culturales y emocionales.
El problema de la anorexia es real pero falta más voluntad de los sectores público y privado para la prevención de todos estos temas. Además, faltan más estudios para hacer realmente visible la prevalencia en Medellín y Antioquia.
En un país donde tenemos problemas más graves en salud estos se priorizan, pero es una necesidad comenzar a trabajar esos trastornos en los niños y adolescentes.
También el diagnóstico debe hacerse de manera oportuna y apoyarse en un grupo interdisciplinario que incluya nutricionista, psiquiatra.
El apoyo de la familia es fundamental: debe haber una pronta actuación porque, según estudios mundiales, solo un 50 por ciento de las personas que padecen de anorexia logran recuperarse, muchos de ellos ni siquiera totalmente.
*Nutricionista y docente de la Universidad de de Anatioquia y Especialista en nutrición de niños y adolescentes.

Pesaba 35 kilos y murió al negarse a recibir tratamiento médico

La joven se resistió a recibir ayuda profesional argumentando que Dios era todo lo que necesitaba.

Antonella Mirabelli tenía 19 años y pesaba 35 kilos. No quería recibir atención médica, y su madre y su abuela estaban convencidas de que Dios era todo lo que ella necesitaba. Por eso, impidieron que recibiera asistencia médica y psicológica para tratar su anorexia, tal como reclamaba el padre de la adolescente. La Justicia les dio la razón, al considerar que la chica era mayor de edad. En la madrugada del pasado domingo, la hallaron muerta, en su cama, en la casa de la familia, en Rosario del Tala (Entre Ríos, Argentina).
Christian Mirabelli, el padre, denunció que la Justicia no impidió la muerte de su hija, pese a sus pedidos y ahora reclama que las otras seis hijas, que tienen entre 6 y 17 años, queden bajo su custodia o que la Justicia garantice que puedan acceder a la atención médica cuando lo necesiten.
Los padres de Antonella se separaron hace seis años, cuando, según contaron familiares de la joven fallecida, la madre se sumó a un grupo religioso fundamentalista que pregona que Dios es el que suple todas las necesidades, físicas y espirituales.
Este grupo, reúne a apenas 30 personas en Rosario del Tala, no tiene nombre y está liderado por Cielo Roca, la abuela de Antonella, y no responde a ninguna religión. No son Testigos de Jehová, ni evangélicos ni católicos. Según explican desde la familia de la adolescente, la abuela recibiría "visiones y revelaciones divinas" y las impartiría entre sus seguidores.
Tras conocerse la noticia de la muerte de Antonella, su madre, Verónica Rodríguez Roca, publicó en su página de Facebook una carta en la que le agradece al fiscal de la causa, Samuel Elvio Rojkin, y a la jueza Elina Corral por no hacer lugar al pedido del padre.
"Gracias por permitir ejercer la ley con toda libertad de los derechos individuales de las personas, a mi hija María Antonella se los quisieron quitar; permitiéndole hacer su voluntad, ya que ella permaneció firme en su fe hasta el momento de su partida [sic]", escribió la mujer.
Según contó Natalia Mirabelli, tía de Antonella, en septiembre pasado, el padre de la chica, que es enfermero, presentó una denuncia ante la Defensoría de Pobres y Menores de Argentina al advertir el deterioro en la salud de su hija mayor.
El Juzgado Civil y Comercial, a cargo de la jueza María Elina Corral, recibió sus denuncias y se solicitó la realización de un informe diagnóstico para determinar si la adolescente estaba en condiciones psicológicas de aceptar o rechazar un tratamiento médico, en vistas de que era mayor de edad.
En marzo, según el relato de la tía, la Justicia recibió un informe del hospital psiquiátrico de la provincia en el que se apuntaba la necesidad de una internación con carácter de urgente, pero la Justicia se negó a darle a la atención un carácter compulsivo, tal como solicitaba el padre, al invocar la ley de salud mental.
La Justicia decidió respetar la decisión de Antonella, que, no obstante, accedió a asistir a una clínica para recibir atención psicológica. "El mismo día en que iba a realizar la primera consulta psicológica, la abuela y las tías maternas fueron al hospital y se la llevaron -detalló Natalia Mirabelli-. Ellas se oponen a cualquier tipo de asistencia que no sea la de Dios."
Según la familia del padre, la Justicia priorizó el respeto del derecho individual de Antonella a no recibir atención médica antes que a la evaluación psicológica de si la chica estaba en condiciones de decidir recibir o no tal atención.
"En otras circunstancias el Señor la había librado de esquizofrenia y trombosis -agregó la madre en su muro en Facebook-. Pero la voluntad del Señor no fue la del anhelo de nuestro corazón sino que ella tenía que partir. Pues nuestra fe no está fundada en sabiduría de hombre sino en el poder de Dios; la ciencia de lo alto que sana, que libra al hombre y limpia el pecado en Cristo. Jesús es el que da la vida; si quiere la extiende, la acorta y también la puede quitar. Todos tenemos el día y la hora señalado de nuestra partida."
El fiscal Rojkin, que intervino en el caso, afirmó que se hizo todo lo posible por salvar a Antonella, pero afirmó que el Estado no podía internar en un centro médico por la fuerza a la mujer mayor de edad y "en uso de sus facultades mentales".

'Mi anorexia fue culpa del consumismo': activista inglesa

En un provocador relato, Laurie Penny habla de su enfermedad.Para la feminista inglesa Laurie Penny, quien sufrió anorexia, su mal es culpa del capitalismo.

A los 17 años, Laurie Penny llegó a una sala de trastornos alimenticios de Brighton, Inglaterra. Usaba ropa negra de varón y llevaba el pelo corto, empapado en tintes de cabello. Sabía que lucía extraña, “una especie de anomalía”.
El diagnóstico resultó ser “paciente con anorexia nerviosa”. Para ella, su enfermedad le permitía suspender el proceso traumático de convertirse en mujer, “porque cuando dejas de comer, cuando reduces 600, 400 ó 200 calorías al día, tus períodos se detienen, tus tetas y caderas y los pedacitos temblorosos desaparecen, y regresas a un estado prepúber artificial, con los cambios de humor, obsesiones musicales extrañas y el impulso irresistible de robar moñas en el supermercado”.
El día en que fue internada miró a su alrededor y encontró que, como ella, los demás tenían marcas de autolesiones en la piel. Pensó entonces que los cortes parecían códigos de barra ocultos bajo las mangas, en las piernas y en el vientre.
Para ella estaba claro que las otras chicas morían de hambre hasta el colapso solo porque querían parecer bonitas. Ella, mientras tanto, creía tener “razones intelectuales perfectamente racionales” para hacer lo mismo.
“Nunca vamos a ser amigas. No tenemos nada en común”, se dijo a sí misma.
Esta opinión duró apenas 18 horas, hasta que en la primera comida de la madrugada, cuando todos los internos se amontonaban en los sillones baratos del hospital para tragarse a la fuerza dos galletas, una mujer 10 años mayor que ella le puso el brazo alrededor de sus hombros esqueléticos y le susurró: “está bien, puedes hacerlo”.
En ese instante Laurie tomó la galleta y algo cambió. Durante los meses de confinamiento, “las chicas” se hicieron sus grandes amigas, revelándole algo que jamás pensaría: “que las niñas bonitas que juegan con el patriarcado y las niñas feas a las que nunca nos pidieron en un baile de la escuela sufrimos de la misma manera”.
Laurie Penny, “periodista, activista, feminista, nerd, habitante red y de un sótano lleno de arañas en Londres” acaba de publicar ‘Cosas indecibles’, un controvertido relato de amor, sexo, mentiras y revolución enmarcado en su propio calvario con la anorexia.
El primer capítulo, espontáneo y repleto de ironías contra el capitalismo, aparece en el diario inglés The Guardian. Desde Colombia se lee como la historia de una mujer que se cuestiona qué tanto influye la política, la desigualdad y el machismo en el cuerpo de una adolescente y en su -¿justificada?- decisión de vivir con hambre.
La culpa es del consumismo
Laurie Penny comienza su narración explicando que el diagnóstico de los desórdenes alimenticios y autolesiones crónicas se ha multiplicado en la última década, especialmente entre las niñas, “los maricones jóvenes” y cualquiera que se encuentra bajo presión extra para encajar.
En Colombia no hay claridad sobre cuál es la tendencia. El país no tiene estadísticas al respecto, pues los trastornos de la alimentación no son considerados de impacto en la salud pública, y por lo tanto no se les hace seguimiento oficial.
Aun así, se estima que las cifras de prevalencia superan las estadísticas de países desarrollados como Italia, Noruega y Canadá. Según investigaciones del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Antioquia (las últimas fueron en 2011), en Colombia la tasa sería del 38 por ciento.
Para Penny, en su país y en el mundo, la culpa la tiene el consumismo. A las mujeres, dice, les hacen pensar que no necesitan de los alimentos, y que solo deben consumir lo que las hace más consumibles: desde el lápiz labial hasta los seguros de vida, y en general cosas “para ser masticadas, tragadas y trituradas por una máquina que quiere nuestro trabajo, nuestro dinero y nuestra sexualidad”.
Según María Cecilia Vallejo, sicóloga y directora de Ámate, institución que presta ayuda para el diagnóstico, rehabilitación e investigación en pacientes con trastornos de la conducta alimentaria, a los factores hereditarios y emocionales se suman la presión social y la imposición de lo que se considera bello o exitoso.
Al respecto, Laurie Penny menciona en su libro un informe reciente de la revista Journal of Applied Psychology, el cual revela que durante los últimos años el éxito laboral de las mujeres en Estados Unidos y Alemania fue proporcional a una reducción en su peso, por debajo de la medida saludable. Por el contrario, el aumento de kilogramos es un indicador del triunfo financiero para los hombres, hasta el punto de la obesidad extrema.
Pese a la rigurosidad del estudio, sería imposible decir de forma concluyente que las mujeres pierden peso porque sus salarios aumentan, o que sus salarios suben porque perdieron peso. Sin embargo, para Penny hay dos cosas ciertas: “que en Europa y en los EE.UU., el miedo a la carne femenina es el miedo al poder femenino, y que en la sociedad occidental en general el odio orquestado por los cuerpos de mujer de tamaño normal es profundamente político”.
Así las cosas, continúa, desde las salas de juntas hasta las calles, no es de extrañar que las mujeres estén “muriendo de hambre” si su ansiedad por mantener una masa corporal lo más baja posible se basa en temores legítimos de que van a ser castigadas por intentar entrar en el espacio patriarcal.
Peor aún, las dificultades para acceder a un diagnóstico oportuno agravan la situación de las mujeres con trastornos alimenticios. Según relata Penny desde su experiencia, estos trastornos son más fáciles de mantener en secreto que la mayoría de enfermedades mentales, especialmente en una cultura visual acostumbrada a las imágenes de las jóvenes muy desnutridas.
Sin embargo, explica Vallejo, llega un momento en que la anorexia ya no se puede ocultar: “el estado avanzado de desnutrición te cambia la manera de ver la vida, de afrontar los problemas, te vuelve nada emocionalmente. Luego, empiezas con desmayos, la piel se quema, te marchitas y las uñas ya no crecen”.
Los estragos sobre el cerebro y el cuerpo son aterradores. En ‘Cosas indecibles’ la autora cuenta cómo los enfermos recurren a todo tipo de métodos peligrosos y grotescos para controlar su peso: desde el derramamiento de sangre, el abuso de drogas y las rutinas de ejercicio frenético, hasta el vómito y la ingesta de ácido que hacen que los dientes se pudran. “No es bonito”, dice la periodista y activista. “Es el feo secretico detrás de la gran cultura de la belleza moderna”, añade.
Sacrificar para sobrevivir
Un trastorno de conducta alimentaria sin tratar puede durar toda la vida. Dependiendo de la moda, la edad o las circunstancias, el paciente puede manifestar anorexia, bulimia u obesidad en diferentes ciclos.
Lo cierto es que, según María Cecilia Vallejo, entre un 30 y un 50 por ciento salen adelante con un tratamiento multidisciplinario de dos años, en el que participen la familia, los amigos, sicólogos, nutricionistas y médicos.
Laurie Penny, por ejemplo, llegó a un punto en el que tuvo que decidir lo que iba a sacrificar para sobrevivir.
Fue hace años, lo suficiente como para haber olvidado en qué momento tuvo valor para arrastrar los pies a la cocina médica y, por primera vez, comer tostadas sin luchar contra sí misma. De aquel momento solo recuerda el sonido del pan crujiente contra sus dientes, y el temor de que si dejaba que su hambre se perdiera nunca más volvería a comer.
Finalmente estaba lista para una vida sana, así que salió del hospital, agitó un adiós a “las chicas” desde la ventana de un taxi y a los 17 años emprendió la “aterradora” aventura de no ser una mujer perfecta, de no vivir con una sonrisa pintada “en un mundo feliz donde ser poderoso es tener zapatos caros”.
Eso, dice, ha hecho que la llamen “perra egoísta, loca, puta, rebelde, degenerada, agitadora, buscapleitos”, y a veces, “feminista”.

Anorexia, una enfermedad que circula en redes sociales

Seguidoras de trastornos alimentarios aumentaron en el país y tienen claves para hablar del tema.

 No es la primera vez que se habla de que en internet hay pequeños sitios de culto para los adolescentes sobre la anorexia y/o la bulimia. “En el 2009 hubo un boom de blogs que promovían estas conductas”, explica Rodrigo Riaño, investigador y docente de psicología del Politécnico Grancolombiano. “Pero ahora están en las redes sociales (Instagram, Twitter, Facebook), con lo que vemos un mayor impacto de todos estos contenidos... ya hay mucho más de 500 cuentas de este tipo, algunas con más 5.500 colombianas como seguidoras”.

Pero este no fue el único hallazgo de Riaño y un grupo de investigación en psicología de la institución universitaria sobre el tema. Ellos encontraron los términos que utilizan con mayor frecuencia las jóvenes en las redes sociales para mantener en secreto sus trastornos alimenticios (ver recuadro).

De allí que la campaña se llame ‘Ana y Mía podrían ser las enemigas de sus hijas en internet’. Ana y Mía no son un contacto más, sino cómo se refieren a la anorexia y bulimia.

Según los expertos, este tipo de claves no solo se dan para ocultar sus manías, sino porque se vuelve una especie de sociedad secreta a la que hay que proteger. “Porque detrás de ese trastorno hay personas que lideran… hay una cuestión mística y fantasiosa que caracteriza estos trastornos. Empieza a tener un tono medio religioso y hay un modelo por seguir y defender, entonces aparece un lenguaje místico y de supuesto amor”, agrega Riaño. “Y estos niños y niñas, en medio de su inmadurez, ven fácil seguir esa causa. ¿Por qué no?, si además va a tener un efecto ‘positivo’ en su imagen”.

Para contrarrestar esta tendencia, muchas agrupaciones y hasta marcas le invierten a la solución, como la campaña ‘Mírate con otros ojos’ de CyZone y su causa social Quiérete: “Buscamos promover que cada chica se quiera y se acepte tal y como es, fomentando la autoestima y contribuyendo a la prevención”, explica la psicóloga Ximena Maurial, quien trabaja en la campaña al lado de la nutricionista Adriana Carulla. Ellas prestan asesoría en el sitio http://quierete.cyzone.com/.

Enfatizar en la gravedad

“Queremos hacer un llamado a los padres, a la necesidad que estén más pendientes de lo que hacen sus hijos, y por medio del diálogo se enteren de qué sitios visitan en las redes sociales, sin ser invasivos”, destacó Riaño.

En el diálogo con los hijos se les podría recalcar que este trastorno va acompañado de otros como cambio de ánimo, depresiones, trastornos bipolares... “¡Que la enfermedad no viene sola!”, agregó el investigador. Cuanto mayor deterioro hay del cuerpo y el organismo, empiezan a aparecer otros síntomas, trastornos de la percepción, psicosis (las huesudas que se ven gordas) e, incluso, atentados en contra de la propia vida.

En este tipo de casos ya podría ser muy tarde, especialmente cuando se autolesiona por la misma hambre o para distraerla, “psicológicamente ya se pasó una línea más severa, y eso hay que advertirlo”.
Glosario en la web
Algunas de las palabras que se usan en clave
Ana: figura que encarna la perfección, a través de la anorexia.
Mía: figura que encarna la perfección a través de la bulimia.
Alisa: figura que encarna la perfección a través de la ortorexia (obsesión por comer sano).
Pro Ana / pro Mía: páginas y comunidades que promueven hábitos relacionados con la anorexia y la bulimia.
Princesa: apelativo que reciben quienes hacen parte de pro Ana y pro Mía.
‘Thinspiration’: imágenes subidas a las redes sociales de personas extremadamente delgadas, usadas como inspiración para alcanzar su objetivo: ser Ana o Mía.
Princesas: nombre utilizado para llamarse entre ellas.
‘Thigh gap’: espacio entre los músculos al estar de pie; este es un nuevo imaginario de belleza de las personas con estos trastornos.
Atracón: ingerir una gran cantidad de alimentos en un periodo corto de tiempo.
Purga: vomitar.
‘Selfinjury’: autolesionarse.
TCA: trastorno de la conducta alimentaria.